Por: Marina Pérez, Directora de Orientación

El título del libro de Stefan Sweig “Momentos Estelares de la Humanidad” inspira las reflexiones que he venido haciendo durante estos ya 39 días de vida en modo “cuarentena”.

En un lapso de tantos días y en modo “vida congelada” los cambios en las rutinas laborales, sociales, familiares -tanto a nivel local como nacional e internacional- han impactado nuestra realidad personal.

La inundación mediática con información de toda índole, tiene saturado y obstruido nuestro sistema digestivo de análisis y reflexión. Vivimos insertos en lo inmediato: qué comer, en dónde mercar, qué día se puede salir, cómo reinventar nuestro negocio, cómo descansar, trabajar, educar, aprender… Todo en los mismos metros cuadrados en los que vivimos. Pero aún nos falta el tiempo, la proyección para darnos cuenta del impacto holístico de este “momento estelar”. Momento que ningún autor de ciencia ficción ha tenido la genialidad de plasmar.

No es mi pretensión hacer una análisis socioeconómico o filosófico; carezco de esas competencias. Solo quiero plantear una reflexión que, desde mi área de Orientación en el Colegio, me parece importante hacer.

El “virus” que todos estamos tratando de no portar y de no transmitir elimina la vida, la salud, porque puede arrebatárnosla. Pero lo que me confrontó interiormente es que se está transmitiendo a nivel mundial una muerte peor; la muerte de la confianza para relacionarnos unos con otros. Antes temíamos al ladrón, al atracador; ahora tememos a cualquiera: al proveedor, al chofer del bus, al taxista, al bombero de la gasolinera, al cajero del supermercado, al sacerdote que nos daba la comunión. Incluso podemos desconfiar de nuestros seres más queridos.

Esta confianza social colectiva es esencial en el desarrollo integral de la persona. Impulsa y potencia la capacidad de apertura y de donación que tiene el ser humano en lo más hondo de su ADN. Es el camino a la felicidad esencial. Amar dándose y expresándolo de modo vital, corporal, emocional. Darse solo a través de la pantalla, de modo virtual, no satisface plenamente las ansias del corazón humano.

La reflexión que me hago y que les planteo va dirigida a combatir la congelación de la confianza. Se requieren dos virtudes que quiero también traer a colación: la Magnanimidad y la Humildad. Dos soportes aparentemente antagónicos.

La magnanimidad que mueve el corazón a luchar por valores grandes y trascendentes. Fuerza de la valentía y del heroísmo. Dinámica que han generado los corazones capaces de no pensar en sí mismos sino en los demás en los momentos de miedo y de riesgo. Y la humildad que nos da la conciencia de que sólo podemos hacerlo desde nuestra fragilidad. Humildad que aparentemente es falta de fuerza, pero que es la fuerza de los que se saben apoyar en los demás, de los que saben que por sí solos no son capaces; que se requieren fuerzas y apoyos de otros.

En primera instancia, la fuerza de Dios; y en segunda, la de los demás. El humilde reza, trabaja, confía. El humilde pide ayuda, sirve, pasa oculto.

El magnánimo humilde no figura ni busca el aplauso. Pone todo de su parte y obtiene su alegría al comprobar que su servicio ha ayudado a otros.

Sabe que su heroísmo es sencillo y pasa oculto a los ojos de la prensa y de las estadísticas de los ministerios y organismos encargados de registrar datos en momentos críticos.

Escribiendo estas líneas se me vienen a la mente tantos magnánimos humildes. La docente que día a día se esfuerza por aprender nuevas estrategias virtuales para seguir animando a sus alumnas a no disminuir sus deseos de aprender. La alumna que con esfuerzo estudia desde su habitación y supera el vacío de no tener a sus compañeras cerca. El papá y la mamá que con infinita paciencia procuran mantener un ritmo de trabajo al compás de horarios escolares de sus hijos y de los trabajos domésticos que a todos nos ha corrrespondido afrontar en estos días. La preceptora que hace el esfuerzo de encontrarse con su alumna para apoyarla en sus necesidades. La administrativa que busca la manera de seguir aportándole a toda la comunidad educativa.

Concluyo estas reflexiones animando a cada uno a crecer en magnanimidad y en humildad. Estos pilares nos ayudarán a estar más serenos y a tener la certeza de que estamos evitando que el mundo pierda la convicción de que fuimos creados para la grandeza, la nobleza y limpieza del corazón, aunque en algunos casos extremos pongamos incluso la vida personal en riesgo. Y esto lo contagiaremos si confiamos en que Dios de los grandes males saca siempre grandes bienes.